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jueves, 20 de junio de 2013

S.O.S. ADOLESCENCIA

Que época tan complicada la adolescencia, muy acertadamente denominada "edad del pavo"... ¡qué descontrol! Ya no eres ni niñ@ ni eres todavía adult@, no se tiene demasiado claro qué te corresponde en ese momento: vivir protegid@ y amparad@ constantemente por mamá y papá o empezar a tener responsabilidades y cierta autonomía, te corresponde llegar a casa a las 11 de la noche o a las 2 de la mañana, puedes ir un domingo por la tarde con tus amig@s a "inspeccionar" la ciudad o debéis de ir con un adulto,...
Estas disyuntivas y muuuuchas más son las herramientas mediante las cuales un adolescente busca su propia identidad. Que tus padres te permitan hacer una excursión a solas con tus amig@s, sin adultos que os cuiden, es más que el mero hecho de ir sol@s o acompañad@s. Es un termómetro para saber si tus padres confían en tí o no, es un modo de demostrarte a tí mism@ si eres capaz de cuidarte y ser responsable o no, es una manera de relacionarte de un modo nuevo con tus iguales en una situación en la que sólo estáis vosotr@s, sin un adulto mediador que os dicte como tenéis que actuar,... Es algo realmente importante...
En general, la adolescencia se caracteriza: por querer desvincularte de tus padres, de sus opiniones, de sus límites y de sus cuidados, para poder definir tu propio pensamiento y tu propia forma de hacer las cosas; por convertir el grupo de iguales, de colegas, en el grupo de referencia, donde las opiniones de los demás, lo que hacen o dejan de hacer y su aprobación se convierte, prácticamente, en lo único importante; por rechazar las normas, sobre todo las de los padres, como símbolo de reveldía... En definitiva, es un momento de ruptura, de búsqueda, de inseguridad, de vulnerabilidad, de pérdida, de caos, de superación, de encuentro,... Una pereza, vamos. Pero una etapa por la que tod@s pasamos.
Hay factores que hacen que ese paseo por la adolescencia sea más llevadero y satisfactorio o más problemático y conflictivo. Además del carácter de cada un@, considero más determinante la educación recibida y los modelos a los que una persona ha sido expuesta desde bien pequeñita. Seguro que much@s habréis visto el programa Hermano mayor (para los que no lo habéis visto, es un programa sobre jóvenes muy conflictivo y problemáticos dentro y fuera de casa... sobrecogedor). Est@s chic@s tienen en común la ausencia completa de límites y responsabilidades. Nadie les ha dicho desde pequeñs@ lo que está bien o mal, cuales son los límites, sus malos comportamientos no han tenido consecuencias negativas ni los buenos sus recompensas, carencia de atenciones por parte de los padres, etc... Suelen ser familias desestructuradas y padres muy ausentes. Estos casos muestran los límites a los que se puede llegar sin la atención, la entrega, el cariño y la firmeza suficientes por parte de los padres a la hora de cuidar y educar.
No pongo en duda que todas las madres y todos los padres educan a sus hij@s como mejor saben y pueden, con todo el amor y pensando en el bien de estos. Pero eso no es suficiente para hacerlo bien. Tan importante como el cariño, la paciencia, el humor, la comprensión, es el establecimiento de límites. Una persona no nace sabiendo lo que está bien o mal. Se lo tienen que enseñar cuando es pequeña y a lo largo de su desarrollo. Es muy común pensar que cuanto más le das a tu hij@, cuanto menos le riñas cuando no actúa bien, cuanto más le protejas, cuanto menos le dejes equivocarse,... mejor. Pero no suele ser así...
Es un fastidio llegar a casa después de horas y horas de curro y ponerse educar. Cuando se llega cansad@ y teniendo un par de horas para pasar con l@s hij@s, lo que menos apetece es discutir, ponerse en plan ogro-aguafiestas, ver malas caras y escuchar protestas y reproches (que es lo que probablemente se encuentre al decir no o al castigar a una persona en plena adolescencia). Pero es necesario. Saber qué está bien y qué no lo está, da a las personas seguridad a la hora de tomar decisiones y responsabilizarse de las consecuencias. Y esa seguridad se traduce como autoestima, es decir, en amor, respeto y confianza en un@ mism@. Una persona con una buena autoestima, es menos influenciable por personas o situaciones indeseables, sabe lo que quiere y lo que no y trata a los demás con el mismo cariño y respeto que a sí misma. Y en un momento en el que se está forjando la personalidad de una persona, como sucede durante la adolescencia, gozar de una sólida autoestima cobra una importancia crucial.
En definitiva, merece la pena ponerse serios, sacar la paciencia de debajo de las piedras si hace falta, mantener un castigo merecido aunque lo que más te apetezca es "descastigarle" porque te da pena o por no oirle protestar, llenarse de entusiasmo para reforzar lo correcto, encontrar momentos para hablar, para preguntar y para compartir, ser comprensiv@s y llenarse de amor porque, de todo ello depende, ni más ni menos, el bienestar y la felicidad de nuestr@s hij@s.
En lo bueno y en la adolescencia, juntos.